"Bandidos populares de leyenda y corazón, queridos por anarcos, pobres y pupilas de burdel, todos fuera de la ley"
León Gieco - Bandidos rurales
Nadie puede decir con seguridad, qué secreto mecanismo dispara la devoción popular hacia personas que viven trasgrediendo las leyes, que son perseguidos, marginados, y sin embargo se constituyen en paladines de amplios sectores populares.
Los ejemplos cunden en todo el territorio nacional: Bazán Frías en Tucumán, Bairoletto en La Pampa, Mate Cosido en el Chaco, Antonio Gil en Corrientes o Juan Moreira en Buenos Aires, pero el pueblo de Saladas, ubicado en la provincia de Corrientes, tiene el privilegio de contar entre sus leyendas a dos personajes únicos: el Sargento Cabral y el Gaucho Lega.
La historia del primero es muy conocida, pero la del segundo no tanto.
Olegario Álvarez había nacido en 1871 en Saladas, hijo natural de Nicolás Garbia y Paulina Álvarez. Siendo muy joven, como de 20 años, mató en cierto entrevero circuns-tancial a un adversario por lo cual cae preso.
Condenado a prisión perpetua, y cuando llevaba ya doce años de cárcel, se escapó junto con Aparicio Altamirano y Adolfo Silva un martes de carnaval de 1904 para comenzar así su vida errante por los esteros y montes del Iberá.
Era famoso por la cantidad de pleitos que generaba en forma constante, astuto y temerario, andaba por todas partes y los paisanos nunca informaban a la autoridad.
Se le atribuyeron diversos asaltos y muertes siendo uno de los más comentados el que tuvo hallándose en un velorio al trenzarse en lucha a facón con otro gaucho malevo del lugar apodado "Poncho Café" el cual cayó muerto bajo el filo de Lega.
Perteneció a la clase social marginada de los activos militantes en política de esa época (claro que como carne de cañón), lo que les valió muchas persecuciones, obligándolos a saquear y robar para sobrevivir, aunque rápidamente ganaron el afecto de sus contemporáneos y compañeros de desgracias, tal vez porque reivindicaban su vasallaje a los señores feudales, en la actitud desafiante y libertaria de estos hombres de valor, sin límites y sin escrúpulos.
En este contexto de continuos saqueos y delitos Olegario Álvarez, muere en mayo de 1906 en un enfrentamiento con la policía de Corrientes en el paraje conocido como Rincón de Luna, departamento de Yaguareté Corá (Corral del Tigre), hoy denominado Concepción, a la edad de 35 años. Se cree que poseía un amuleto o curundú que lo pro-tegía de la muerte, y estando malherido pidió a sus captores que se lo quitaran, decidiendo así su muerte inmediata.
Fue colgado de un árbol y los soldados y policías tenían que pasar por allí y cortarle una parte de su cuerpo. Fue sepultado en el cementerio de Las Lagunas Saladas.
Sin embargo, rápidamente se erigió en un referente espiritual de muchísimos correntinos, que le rinden culto en casi todo el territorio guaraní. El santuario más importante está en la localidad de Saladas, lugar visitado el 2 de mayo y para la festividad de los fieles difuntos por mayor número de creyentes.
Recibe en su sepultura, ofrendas de velas, cintas rojas, flores del mismo color especialmente claveles, algunas placas de metal donde se perpetúa el agradecimiento por los “favores recibidos” y estolas con la inscripción O. A. bordada.
Esta mezcla de supersticiones ancestrales con devociones religiosas implantadas por la conquista española, han creado en torno de la figura de Olegario Álvarez, el Gaucho Lega, un culto pagano de grandes dimensiones, que constituye un elemento de esperanza, alegría y valor para muchos integrantes del pueblo correntino.
En diversas localidades de la provincia mesopotámica se erigen pequeños santuarios que son visitados en soledad por los devotos. Al de Saladas, le sigue un altar en la balnearia Empedrado, donde se afirma, se guarda o guardaba, como reliquia una falange de Olegario Álvarez, en el domicilio de la señora Claudelina Fernández.
Esta mujer que vivió en los primeros tramos el siglo XX, relataba extraordinarias experiencias vividas por el Gaucho Lega, dando detalles sobre todo de la trágica muerte del bandido. La santificación
Estos personajes pasaran a integrar, una vez muertos, un santoral criollo. Allí donde fueron abatidos por la policía o donde yacen sus restos se los venera con devoción. Incluso algunos cultos trascendieron a los sectores urbanos, como el caso de Gauchito Gil o Vairoleto.
Para transformarse en santo, el bandido debió ser ultimado en circunstancias crueles o injustas (degollados, baleados por la policía). Por eso Mate Cosido no completó el proceso de canonización pagana: el destino final de sus restos nunca pudo ser develado.
La veneración a los bandidos santos se expresa en forma de velas, cintas rojas (muchos bandoleros usaban una insignia roja por su adhesión al federalismo), placas con agradecimientos, pedidos y ruegos para que cure enfermedades o regrese el amor perdido.
Como ocurriera en vida de los bandidos, son los humildes y desposeídos los principales seguidores de estos santos paganos, rescatándolos del olvido al que la historiografía oficial suele condenarlos.
Adaptado de distintas versiones sobre la leyenda.