Cabeza
Buenas Tardes -  


¡TODO POR DO PESO...!


VENDEDORES AMBULANTES
Por:Ernesto Rivarola


Pasó otro 25 de mayo, en esta ocasión en el año del Bicentenario y con él la clásica preparación de los actos protocolares escolares donde docentes y directivos se esmeran año tras año, no sólo en conmemorar la gesta de mayo en sí, sino también en llevar a la luz las aptitudes actorales de nuestros hijos (si están en los primeros grados con más razón) haciéndolos participar de la clásica representación en la que se reviven los momentos fundamentales de la Revolución de Mayo.
Esto siempre nos lleva a la consabida e interminable búsqueda y preparación de disfraces, galeras de cartón, peinetones de la abuela y barbas pintadas con corcho quemado para que, desde cada escenario escolar, los chicos y un cabildo de cartulina y papel glasé intenten esclarecernos una vez más cuáles eran los verdaderos intereses de aquella Primera Junta.
Lo curioso de estas puestas en escena escolares, es que por alguna razón entre los personajes representados siempre se destacan los vendedores ambulantes con sus consabidos pregones.
Ahora, con respecto a esto cabe la pregunta: ¿Verdaderamente estos vendedores ambulantes ofrecían sus productos a través de los elaborados pregones que se enseñan en los manuales escolares?
Podemos suponer, por ejemplo, que sería poco probable y bastante molesto, que ciertos vendedores o prestadores de servicios como El Sereno, que se encargaba de atender el alumbrado público de la ciudad, efectuara todo su recorrido nocturno repitiendo incansablemente versos como estos:

Aquí vengo con mi antorcha para encender su farol.
La luz que pongo en su calle se parece a la del sol.

Y también cabe preguntarse cómo hicieron algunos de estos cotidianos y simples personajes para que a través de sus simples y a veces poco agraciados pregones, pudieran lograr semejante trascendencia histórica como por ejemplo lo hizo la pastelera Negra Tomasa analizando como referencia histórica el siguiente pregón que, con algunas variantes, es uno de los más citados:

Yo soy la negra Tomasa la que cocina y amasa
preparo ricos pasteles para comerlos en casa.

Suponemos que gran parte de los poéticos pregones adjudicados a cada vendedor, que hoy los alumnos deben estudiar de memoria para cada representación escolar, han salido de la imaginativa pluma de distintos escritores de todas las épocas con el objeto de graficar mejor estas postales coloniales.
Pero lo que no podemos negar es la existencia de los vendedores ambulantes que desde muchos años antes, recorrían las calles del país ofreciendo la más variada gama de productos y servicios para todos los gustos y todas las edades, utilizando también variados (aunque no tan elaborados) pregones para promocionar sus productos.
Los vendedores ambulantes fueron tal vez los primeros comerciantes que se encontraron en el mundo.
Según cuenta la historia, el ganado fue lo primero que se consideró como algo de valor para el hombre, y si el ganado era la mercadería, lógico es suponer que la comercialización era ambulante, puesto que los animales debían trasladarse hacia distintos lugares donde hubiera pasto y agua para su subsistencia.
En nuestro país y sobre todo en Buenos Aires, desde siempre existieron vendedores ambulantes quienes, honesta y suficientemente, se ganaban el pan diario en una ciudad relativamente chica en cuanto a población se refería, ofreciendo generalmente productos alimenticios básicos como leche, verduras, frutas, carne y pescado.
Pero a partir del inicio de la inmigración europea (1869) la pequeña ciudad de Buenos Aires duplicó su población. Cuatro millones de personas desembarcaron en sus playas, en un proceso que adquirió su máxima intensidad entre 1881 y 1930.
En 1895, de cada 100 habitantes, 72 eran extranjeros de distintas procedencias y así, el criollaje vio invadido su escenario ya que esa gringada, que se pensó iría a poblar el desierto, se concentró en la urbe y cubrió todos los puestos de trabajo.
Así se fueron instalando colonias de los más diversos orígenes étnicos: judíos, suizos, franceses, alemanes, eslavos, árabes y los omnipresentes españoles e italianos y muchos de ellos, ante la falta de trabajo en relación de dependencia, optaron por dedicarse a la venta callejera.
Por ejemplo, cuando un árabe (vulgarmente llamado turco) llegaba al país, declaraba indefectiblemente ser de profesión comerciante ya que el paisano que lo llamaba le aseguraba su colocación en el comercio ambulante y el inmigrante asumía de antemano ese papel.
De esta manera se formaron verdaderas redes de distribuidores de telas y baratijas, a partir de un árabe con negocio instalado, que mandaba al interior a los recién llegados. Estos, con una caja o baúl al hombro, llegaban hasta apartados rincones de la ciudad a ofrecer su mercadería, sabiendo poco y nada del idioma.
A partir de 1906 el comercio ambulante sufrió una crisis en Buenos Aires, lo que hizo que, entre otros, los árabes se desplazaran hacia el interior del país y de esa forma se los comenzó a conocer en todas partes.
En su trabado castellano, los turcos ofrecían gran variedad de productos mediante su pregón de acento inconfundible:

Vendo toballa barata…. Beines…Beinetas…Jabón…Jabonetas…

Así, de puerta en puerta, de casa en casa y siempre a pie, el turco lograba que las vecinas le compraran los peines, las peinetas y los cepillos dentales además de ropas de cama, colchas, sábanas, frazadas, manteles y repasadores, lo que no traía, lo conseguía y si uno se hacía su cliente, el turco también le vendía a plazos.
Durante las siguientes décadas, el oficio de vendedor ambulante comenzó a tomar un auge especial y a aumentar los rubros de venta, agregándosele además la figura del “prestador de servicios ambulante” apareciendo entre otros el colchonero, el afilador, el deshollinador, el cinguero, el fotógrafo o minutero y el botellero.
Queremos recordar en esta nota algunos de los más “clásicos” vendedores y prestadores de servicios ambulantes que recorrían el país hasta hace unas pocas décadas.

El colchonero:
Tradicionalmente este oficio era ambulante y el profesional trabajaba en el patio o en la vereda de las casas particulares que solicitaban su servicio.
Utilizaba una máquina cardadora con la que cardaba la lana de los colchones que dejaba como nuevos.
Sentado en una especie de banquito que formaba parte de la máquina y mirando hacia la carda movible, iba pasando la lana entre sus dientes.
Luego volvía a rellenar el cotín con la lana y con una gran aguja e hilo grueso cocía en el colchón los botones. Para darle una buena terminación al trabajo con una aguja curva le hacía una especie de vivo en el borde.
Para el colchón de una cama de matrimonio, hacían falta 18 kilos de lana, 14 para uno de plaza y media, y 12 para el de una plaza.
Decían que la lana debía cardarse en luna llena para evitar el apolillamiento, y limpiarse con agua tibia y ceniza.

El afilador:
Muchos de ellos eran italianos, se anunciaban a distancia con el sonido armonioso de la brusca escala que soplaban en su característica armónica y afilaban toda clase de cuchillos y tijeras con las piedras esmeril que llevaban montadas en su bicicleta.
Las amas de casa salían apuradas secándose las manos con el delantal para pedirle que las esperara para volver después cargadas con cuanto cuchillo de mesa y de cocina pudieran encontrar.
El afilador, con gesto solemne, colocaba un par de poleas, subía la bicicleta a un pié de metal y comenzaba acompasadamente a pedalear para hacer girar velozmente la circunferencia de esmeril donde apoyaba la hoja a afilar haciendo saltar una lluvia de chispas.

El fotógrafo o minutero:
Fue una figura emblemática de las plazas y lugares turísticos y, gracias a su labor, quedaron registrados personajes y costumbres de un tiempo que ya no existe.
En las primeras décadas del siglo pasado era muy común encontrarlos y se los llamaba así por la rapidez con la que entregaban la fotografía que acababan de hacer.
Con su cámara de madera, que en realidad era un particular laboratorio portátil, y sus variados elementos para ambientar la fotografía, estos personajes recorrían la ciudad con el objetivo de que todo aquel que lo deseara pudiera tener su propia fotografía.
A partir de la mitad del siglo XX, el auge de estos fotógrafos se vio frenado ya que empezó a extenderse la última novedad en fotografías: el color había llegado.

El cinguero:
Arreglaba las palanganas, baldes, regaderas y todo tipo de objeto de cinc dañado.
Luego de examinar el cacharro, limpiaba la zona a reparar con una lima o papel de lija, dejándola brillante y luego le pasaba un pincelito con ácido muriático rebajado.
Le aplicaba parafina para posteriormente, con un soldador casi al rojo vivo (generalmente calentado en un brasero) derretir con cuidado el estaño que venía en una barrita hasta cubrir el agujero.

El botellero:
Este particular personaje, a diferencia de otros, no llegaba a vender sino a comprar.
Algunos se trasladaban en carro tirado por un flaco caballo y otros pasaban empujando un rústico carrito, pero ambos colocaban una mano ahuecada ante la boca a modo de bocina para proferir el clásico y prolongado grito de ¡Botelleroooo!
Compraba las botellas vacías pagando pocos centavos por cada una, pero era una forma segura y esperada para deshacerse de los molestos envases.

Con los años y los avances tecnológicos, la mayoría de estos prestadores de servicios fueron desapareciendo, pero en cambio, los vendedores ambulantes, lejos de desaparecer, se fueron adaptando a los tiempos modernos y, hoy por hoy, nos siguen visitando mostrando su nuevo perfil.
Con renovados pregones, nos siguen ofreciendo “puerta a puerta” o en trenes, colectivos, plazas y veredas, toda clase de productos aptos “para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero” muchas veces a precios irrisorios pero que, generalmente, no necesitamos o nunca hubiéramos pensado en comprar.
Claro que hay vendedores y vendedores, algunos son molestos y poco convincentes, pero otros son verdaderos artistas de la venta callejera capaces de convencernos de que un par de simples tijeritas chinas son un producto de última tecnología y que a partir de comprarlas nuestra vida cambiará radicalmente.
En Formosa, todavía podemos encontrar muchos vendedores callejeros “a la antigua” vendiendo sobre todo productos alimenticios con sus clásicos e inconfundibles pregones como el Chipero o el Churero (vendedor de achuras), el vendedor de pan casero, el verdulero y los vendedores de pescado.
De cualquier forma, el vendedor ambulante fue y seguirá siendo un personaje omnipresente dentro del paisaje urbano de las ciudades de todos los tiempos y seguramente seguirá ofreciendo desde su seguridad y convicción absoluta, los más variados productos y artículos ¡y todo por do peso...!







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